Por la cabeza de Fabrizio Meoni se pasó dejar el Dakar varias veces. Magulladuras, cortes, quemaduras y el vacío que deja ver como compañeros nunca volverán a correr. La prueba más dura del mundo, dicen. La prueba más bonita del mundo, dicen. Su dureza es directamente proporcional a la magia que desprende su recorrido, cementerio de pilotos y de ilusiones.
Meoni conocía bien todo lo que otorga el Dakar. Llevaba 13 participaciones a sus espaldas desde que en 1992 llegara al Lago Rosa en duodécima posición a lomos de una Yamaha XTZ660 de serie. El italiano tenía una única obsesión, vencer en la prueba reina que se le seguía escapando. Meoni demostraba que era rápido. Vencía en Túnez y en Egipto sin grandes dificultades pero mordía el polvo en la gran ronda. El de Arezzo veía coronarse a Stéphane Peterhansel durante cinco ocasiones, a su compatriota Edi Orioli en otras dos y a Richard Sainct en las dos restantes. Al italiano se le escapaba la oportunidad de vencer en un Dakar.
Pese a las repetidas derrotas que iba a acumulando, su pasión aventurera había servido para que en su pueblo natal lo conocieran como Fabrizio El Africano. Siempre a la vanguardia, siempre en cabeza, no dejaba de ser un piloto complicado de batir en la pista, sino también con ambos pies en el suelo. Durante muchos Dakar se erigió en el portavoz de los pilotos cuando la seguridad no era suficiente o cuando los recorridos no les satisfacían. En 2005, el año de su fallecimiento, Meoni fue uno de los más críticos con un recorrido, que tenía poco de aventurero para su gusto. El Dakar era mucho más que una carrera para “El Africano”, el Dakar era una forma de vida.
Nueve años de sinsabores no sirvieron para que Meoni quisiera dejar de participar en el Dakar. Eterna promesa de las dos ruedas, quería lograr su sueño costara lo que costara. En 2011 volvió a la línea de salida de Paris dispuesto a luchar por la gloria en el Lago Rosa. El vigente campeón, Richard Sainct, parecía de nuevo el máximo aspirante a revalidar el título. Un español, Jordi Arcarons, parecía su más ferviente competidor. En las quinielas, como todos los años, Fabrizio Meoni, aunque en un lugar más retrasado. Sin embargo, en la cabeza de Meoni estaba una única meta: ganar. La constancia del italiano hasta el momento había sido única, irrepetible. “El africano” acumulaba caídas, derrotas, lesiones… pero nada era tan fuerte como su amor por el continente africano. Por eso en 2001 venció en el Lago Rosa y en 2002 repitió triunfo. Meoni dijo: “África me ha dado tanto”.
Meoni había cumplido su sueño, que era vencer el Rally Dakar. Había conseguido dos triunfos consecutivos, y en su cabeza, ya cansada, empezaba a posarse la idea de retirarse. Retirarse en lo más alto, como ese joven italiano que llegó un día a África para enamorarse del continente y que a base de trabajo había conseguido convertirse en el más grande.
Sin embargo, el Dakar tiene esa magia, difícil de explicar para el que no ha corrido, que te hace volver a volar sobre el polvo. Meoni volvió en 2003 pese a las especulaciones de que lo dejaría. No pudo volver a ganar, uno de sus fantasmas del pasado, Richard Sainct, conseguiría su último Dakar antes de fallecer en 2004 en el Rally de los Faraones. Meoni se veía con fuerzas, con ganas de volver a ganar, de conseguir un tercer triunfo, de escribir su nombre con letras de oro en la historia de los Raids, pero en 2004 se cruzó en su camino Nani Roma y le volvió a alejar de su sueño.
Meoni se vio derrotado, mayor, alejado ya de su velocidad imparable. Meoni era un viejo lobo capaz de vencer etapas por su sabiduría, por las 12 ediciones de Dakar que llevaba a sus espaldas y por el que tuvo alguna vez, retiene bastante de ello. Pero sabía que no tenía la frescura de los jóvenes que venían empujando fuerte: Nani Roma, Cyril Despres, Marc Coma…
Meoni reunió a los medios de comunicación y comunicó que dejaba las dos ruedas, que se alejaba de la moto, pero sobre todo, que abandonaba este continente, África, su continente. Durante un tiempo “El Africano” despareció del mapa, hizo vida normal y miraba las carreras desde su casa, desde su televisión. Sin embargo el gusanillo del Dakar seguía dentro de Meoni, le picaba cada día más y le decía: ¿Por qué no una última vez, Fabrizio?
Meoni decidió volver al Dakar. El último Dakar. La última participación. Poder disfrutar de Marruecos, de Mauritania, de Senegal o de Mali. Poder sentir esa sensación de libertad cuando te lanzas a tumba abierta por las dunas del desierto. Notar una extraña sensación en tu corazón cada vez que cruzas una aldea africana, cada vez que te acercas a esos niños que miran el paso de la caravana del Dakar.
A “El Africano” no le gustaba el recorrido de este año, y con la sabiduría que otorga la experiencia, decidió comentárselo a la organización. Era un recorrido que permitía demasiada navegación, instrumentos a los que estaban mucho más adaptados los jóvenes y que le quitaban un poco de esa magia que tiene este rally.
Un fatídico 11 de enero, Meoni se levantó con la noticia de la muerte de “El Carni”. Su KTM, que tantos problemas le había dado durante todo el Dakar, le había conseguido matar al final. Durante la noche habái sido operado y parecía que no revestía peligro, pero el Dakar siempre guarda una última sorpresa. En Dakar, en el hospital de la localidad, a “El Carni” le extirparon el bazo. No pudo sobrevivir. Meoni, como todo el campamento se levantó con esa noticia, otra noticia fatídica, otro piloto que se deja la vida en este rally, mágico, peligroso, enigmático.
Meoni se transformó al subirse a la moto, como hacen el resto de grandes pilotos. Su corazón bombeaba al mismo ritmo que la bomba de gasolina de su moto. La mejor forma de honrar a un piloto muerto es volar sobre las dos ruedas, es pasar dunas como si fueran asfalto, es luchar codo a codo con los compañeros. Es llegar vivo al campamento habiendo dado lo mejor de si mismo. Meoni no pudo honrar a “El Carni”. Poco después de pasar la segunda especial cayó al suelo, se separó de su moto y, como si estuviera conectado a ella y ella fuera lo único que le hacía vivir, su corazón se frenó en seco y dejó de latir. El desierto, su desierto, la tierra que le dio la vida, se la estaba arrebatando. Meoni yacía al lado de su moto, en su casa, en su patria. El desierto sabía que era la única forma de que este fuera el último Dakar de Meoni, hacerle quedarse para siempre con él.
Meoni cumplió su sueño, cumplió su palabra y murió por amor y por un sueño, que es la única forma que para Meoni tenía sentido morir.
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