Hace no tanto, en Argentina, el país se paralizaba para ver un partido de fútbol. Los argentinos, tan suyos para estas cosas, vivían inmersos en un debate futbolístico que dividía el país en dos mitades: Bilardistas y Menottistas. Dos estilos contradictorios buscando el mismo objetivo. Un debate que todavía, ahora, no está cerrado y sigue ganando adeptos cada día. Pero esa es una historia que llegará luego.
Hace tampoco no mucho, aproximadamente seis años, un joven vitoriano llegaba a la Segunda División B de la mano del filial alavesista. Por los campos de Segunda B, su casta, su pundonor, su esfuerzo en pos del grupo, no destacaba sobremanera. El filial babazorro jugaba al toque, intentaba construir y buscaba delanteros letales. En ese contexto, un jovencísimo Gaizka Toquero de 21 años, no era capaz de encontrar su sitio. Anteriormente había crecido en la disciplina de la Real Sociedad y llegado al equipo de su ciudad natal, el Alavés.
Tras la temporada en el filial vitoriano en la que disputó 29 partidos y metió dos goles, le tocó buscarse las habichuelas en el Lemona. Un Lemona muy especial. Al equipo cementero llegaría ese año Iñaki Alonso como entrenador tras pasar por la Cultural de Durango o el Eibar B. Iñaki Alonso, gran conocedor del fútbol del País Vasco, supo ver el talento de jóvenes futbolistas que parecían perdidos para la causa. El técnico de Durango se rodeó de Iosu Iglesias, pieza fundamental del Real Unión que años más tarde ascendería a Segunda División; Oinatz Bilbao, que volvería a la disciplina del Athletic Club y ascendería con el Guadalajara; Goikoetxea, que parecía defenestrado en el Barakaldo; Zuhaitz Gurrutxaga, que tocaba fondo tras llegar a debutar en Primera División frente al Atlético de Madrid o Gaizka Toquero.
Aquel Lemona acabó noveno el año, pese a que su objetivo era la salvación, y durante la primera vuelta coqueteó con los puestos de play-off. Un Lemona en el que, durante algunos meses del invierno, no había dónde entrenar y tenían que hacerlo en campos de tierra. Zuhaitz Gurrutxaga, uno de los miembros de aquel equipo siempre cuanta que, cuando vio que muchos de sus compañeros entrenaban después de trabajar durante todo el día, se dio cuenta de que tenía que ponerse las pilas.
Toquero goza de la confianza de Alonso, y aunque no es capaz de marcar ningún gol en toda la temporada, en el cuadro cementero juega 34 partidos. Las habilidades de Toquero, su facilidad para crear espacios a los compañeros y la molestia que crea en las defensas rivales cuando quieren fijarle, sirve para que el Lemona cuaje una de las mejores campañas de su historia.
Ese Lemona se desmorona al finalizar la campaña. El cartel que cogen muchos de sus integrantes hace que abandonen la disciplina del equipo vasco. Iñaki Alonso firma por el Real Unión dispuesto a dar el salto a la categoría de plata del fútbol español. Zuhaitz Gurrutxaga se enrola en las filas del Zamora CF buscando una nueva aventura fuera de su tierra, Oinatz Bilbao vuelve a convencer a los dirigentes del Athletic y Toquero se marcha al Sestao. ¿El detonante de su marcha? Carlos Pouso.
Pouso, que ahora es portada de periódicos gracias a la magnífica labor que está haciendo en el Mirandés, llegó en el año 2003 al Sestao con la ardua tarea de mantenerlo en Segunda B. En el 2007 va a iniciar su cuarta campaña al frente del equipo y no quiere desaprovechar la oportunidad de llevarse a Toquero y a Basagoiti del Lemona. Toquero comparte dupla de ataque con Óscar Martín que ese año alcanza la nada despreciable cifra de 11 goles. Tras ese año, el delantero guipuzcoano sólo ha sido capaz de sumar 14 en tres años. Toquero se sale en el Sestao, acaba de romper como jugador y se gana a la grada. Gran culpa de ello lo tiene Pouso que le valora, no solo como una pieza al servicio del equipo, sino como un jugador determinante. Pasa de ser un peón a jugar de Alfil.
Toquero lo juego todo en Sestao, los 38 partidos. Marca cinco goles pero deja su sello en el club verdinegro. En los campos del Grupo II la gente le destaca como un jugador valioso pese a que su aspecto hace parecer que no es tan joven. Las redes del Athletic de Bilbao se posan sobre él y Caparrós se lo lleva al primer equipo. Al utrerano no le acaba de convencer el juego de Gaizka por lo que le buscan una salida. Pouso, que en verano ha firmado por el Eibar en Segunda División, no tarda en hacerse con sus servicios. En cuanto llega a Eibar, se mete a la afición en el bolsillo, Pouso sabe cómo utilizar al vitoriano. En media temporada juega 16 partidos y mete 4 goles. La mala situación del Athletic y la falta de delanteros hacen que Toquero vuelva a tener una oportunidad en el club bilbaíno.
Con Caparrós, Gaizka es un revulsivo. Sale en los minutos finales a intentar provocar pérdidas en el rival, a intentar insuflar pulmones en sus compañeros. En marzo de 2009 consigue marcar su primer gol con la camiseta rojiblanca en la Copa del Rey frente al Sevilla. Un mes más tarde, en Soria consigue empatar el partido y es el mayor artífice de la remontada. Caparrós comienza a confiar en un jugador distinto. “La Catedral” demasiado acostumbrada a años de penurias, alaba el pundonor del 2 rojiblanco.
Esa reconversión de la grada; pasar de Julen, Yeste, Etxeberría… al pundonor de Toquero tiene una fecha marcada a fuego: 13 de mayo de 2009. El Athletic llega a una final de Copa del Rey 25 años más tarde y frente al mismo protagonista: el FC Barcelona. Ese día, durante más de 20 minutos, la afición del Athletic Club de Bilbao creyó en el milagro gracias a un gol de Gaizka Toquero: había nacido una religión: el Toquerismo.
La grada comenzó a creer en un estilo de fútbol en el que su máximo exponente era Gaizka Toquero. El buen momento de los leones, con las internacionalidades de Iraola, Javi Martínez o Fernando Llorente no desataba tanta pasión como el juego de Toquero, clave en la mayoría de las fechas señaladas del Athletic de Caparrós. “Ari, ari, ari, Toquero Lehendakari” o el mítico “Gaizka Toquero, mejor que el Kun Agüero” se escuchan en la catedral del fútbol los días de partido. San Mames ha dictado sentencia. Pero, volvamos al inicio.
El Athletic Club vive sumido en un Bilardismo propugnado por Caparrós, un club cuyo objetivo es la victoria renunciando a la plástica en el juego. Al menos, a la plástica actual de toque, ya que no deja de tener belleza el juego de los leones. En ese ambiente de lucha, Toquero se siente cómodo, es pieza clave en el esquema. Sin embargo, en el verano de 2011 el Athletic reemprende un cambio de mentalidad. Urrutia apuesta por la llegada de Bielsa al banquillo. Una apuesta por el Menottismo, o incluso yendo más allá, por el Bielsismo, prácticamente una religión en sí misma.
Bielsa comienza su andadura con las ideas muy claras: el centro del campo es para Muniain y Ander Herrera y a partir de ahí fluye el equipo. Javi Martínez se retrasa a la defensa, desde dónde le da mayor salida de balón al equipo. Llorente es el referente junto a Susaeta. En ese esquema, en ese modelo, Toquero vuelve a ser un peón, un trabajador. Con Bielsa en el banquillo del Athletic ha llegado la Ilustración a Bilbao. Sin embargo, pronto se trunca su plan, Llorente se lesiona y Bielsa tiene que echar mano de Toquero. La grada se debate entre el Toquerismo y el Bielsismo. Dos estilos que parecen contradictorios, dos piezas difícilmente ensamblables. Durante la ausencia de Llorente, Toquero ha demostrado acoplarse, con sus carencias, al juego que propugna Bielsa. Sus cabalgadas abren espacios para las diabluras de Muniain. De sus botas comienzan a nacer goles y asistencias que valen victorias o empates. La grada vuelve a creer en Toquero aunque mantiene una fe ciega en el Bielsismo. Ayer Toquero salió en la segunda mitad para inventarse un gol antológico. Para atreverse con más cosas que las que antes hacía. Toquero se ha convertido al Bielsismo. Ha nacido el Toquerismo ilustrado.
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