miércoles, 25 de enero de 2012

8.30 a.m. Donde todo empieza

8.30 a.m.

Un autobús llega a la parada para emprender un viaje de 5 horas. Su conductor, poco amigo de madrugar los domingos, hoy está un poco ilusionado, así que dentro de lo que cabe, el madrugón se lleva bastante mejor. Mientras se aproxima a la parada ve como otros 7 compañeros han llegado ya allí o se aproximan detrás de él. La fila de autocares colapsa toda la calle aunque el tráfico, a estas horas, es nulo.

En la parada un solo color despierta a la ciudad. El color de los aficionados del equipo. 400 valientes aficionados que van a recorrerse media España en busca de un domingo de fútbol. La forma de llegar a esa parada es totalmente distinta dependiendo del aficionado. Algunos, los más pequeños, con legañas en los ojos, han acabado convenciendo a sus padres, madres, abuelos o tíos para sumergirse en este viaje. Los niños, como esponjas que todo lo absorben, miran alrededor incrédulos. Ven cosas que nunca han vivido, se contagian de todos los cánticos, quieren formar parte de ellos, quieren ser partícipes de la fiesta.

Los jóvenes, los que más calientan estas citas vienen de una noche de fiesta. Una noche que se ha alargado algo más que de costumbre porque había que aguantar en vela hasta la hora de marchar. Las voces comienzan a estar desgarradas porque durante la vigilia muchos establecimientos se han querido unir a la fiesta y han puesto el himno del club en sus altavoces entre los últimos éxitos del momento. Los jóvenes saben, que aunque el sueño les vencerá en el viaje, todavía queda mucha fiesta por delante.

Otros, más mayores, han puesto el despertador el único día que se permiten dejar que la falta de sueño sea la que les despierte. A muchos de ellos no les ha hecho falta, antes de que sonara ya estaban de pie. ¿Dónde tendré yo la bufanda? Cariño, ¿me has hecho el bocadillo para el viaje? Un ritual oxidado por la falta de éxitos y a la vez la ilusión de un niño. El paseo hacia el autobús no difiere tanto del paseo matutino al trabajo excepto por la indumentaria.

Otros, los más mayores, los que han sobrevivido a cambios de estadios, a presidentes y entrenadores, los que recuerdan otro fútbol, los que llevan tatuados los colores desde casi antes de que naciera el club, han aprovechado para ir a misa, o para rezarle a algún santo. Salud, de momento, y a algunas edades, la que se puede, y el amor, pues también, pero una alegría, una alegría de mi equipo, es lo único que hoy te pido.

En la parada del autobús se reúnen los conductores, la mayoría ajenos al evento, sin embargo, durante toda la semana, el único tema de conversación es el partido. Quien más y quien menos ha oído hablar del evento, saben alguna cosa, barruntan ideas y se dejan llevar por la ilusión. El partido, apenas les interesa, el club, ahí está, sin moverse, pero la ciudad, esta semana, la ciudad, algo tiene, ha cambiado.

Los aficionados se reúnen y se reencuentran. Casi siempre son los mismos, ya se conocen. Los que llegan de fiesta y los que madrugan aprovechan para saludarse, para hablar. Algunos, sin conocerse, dialogan. Probablemente no tengan nada en común más que el amor a unos colores. No necesitan más.

De forma ordenada, pero con alegría, con cánticos, con ese gusanillo interior el viaje comienza. El día ha comenzado.

8.30 a.m.

En un hotel un chaval se despierta. Tiene 20 años y no está convocado. Le da igual, está nervioso. A su lado duerme otro futbolista. 32 años. Media vida de campo en campo, de hotel en hotel. Media vida corriendo detrás de una pelota. El chaval está lesionado, lleva toda la temporada sufriendo un calvario de lesiones. El míster le ha dejado venir a la convocatoria, es casi un aficionado más. La noche anterior vieron un video del rival. Se saben de memoria como juega el equipo, conocen a la mitad de los jugadores. Algunos han dormido juntos durante demasiados fines de semana. Conocen a sus mujeres, a sus novias, a sus padres. Son como de la familia hasta que entran al terreno de juego. Es difícil conocer más del equipo que van a tener enfrente pero siempre es positivo ver un video más.

El entrenador les ha puesto el toque de diana a las 10 a.m. Pero el chaval no tiene sueño. No puede dormir. Anoche estuvo dando vueltas en la cama y hoy se ha levantado el primero. Coge el chándal y sale al vestíbulo. Allí hablan con él los recepcionistas, son conversaciones banales que sirven para perder el tiempo. Para acallar la voz interior. No sirve de nada.

El chaval sube a la habitación y se encuentra a su compañero de habitación asomado a la ventana. Estoy nervioso, le confiesa. Nunca te acostumbras a estos partidos. Vienen 8 autobuses, 400 personas. ¿Has visto como está la ciudad? Es impresionante. El chaval ha vivido poco fútbol de momento y está impresionado por el ambiente. Su compañero, lo ha visto todo, pero está impresionado por el ambiente. El tiempo no pasa y es hora de llamar a casa. ¿Cómo estáis? ¿Qué hacéis? ¿Qué tal todo?

8.30 a.m.

Un aficionado local se despierta. Se asoma a la ventana, todas las casas están decoradas con los colores de su club. En cinco horas llegan unos amigos que hizo en el partido de ida. Unos amigos que hoy van con el equipo rival. No importa, lo bonito son las horas de antes. Ellos le enseñaron su ciudad, le llevaron a los mejores bares y le hicieron sentirse como en casa. Ahora es su turno, él va a corresponderles. Él y otros cuantos aficionados locales. Ha repasado durante toda la noche el planning: hora de llegada, lugar de llegada, recorrido, bares y vuelta al estadio. Todo tiene que salir bien, tiene que ser una fiesta. Mientras espera a que llegue la hora, saca la bandera, la desdobla, la observa y la vuelve a doblar. Hace lo mismo con la bufanda, con la camiseta. Enciende la televisión, busca programación local, enciende el ordenador, repasa lo que dicen los diarios, los foros… rememora el partido de ida, lo que asó, lo que se dijo, lo que tenía que haber pasado… Tiene sueño pero no va a dormir.

8.30 a.m.

Dos periodistas se suben en su unidad móvil y comienzan el viaje. Han cuidado la voz durante la noche, nada de excesos aunque el cuerpo se lo pedía. Han soñado como narrarían el gol de su equipo, el de la victoria. Han practicado mentalmente, se lo han imaginado, han soñado. Antes de dormir han repasado goles históricos de otros clubes, se han emocionado al oírlos y han soñado con ser ellos. Cuando empiezan el viaje adelantan a los autobuses de aficionados. Les pitan, hoy querrían ir en ese autobús, hoy llevan puesta la camiseta del equipo, de forma metafórica. Hoy es un día de contrastes. Hoy es el día que llevan tiempo soñando.

8.30 a.m.

El entrenador visitante se despierta por el sonido del móvil. Es otro colega de profesión que le llama. Le desea buena suerte, han coincidido muchas veces en los terrenos de juego, eso les ha servido para forjar una buena amistad. Suelen hablar por teléfono para pedirse informes, o para hablar de jugadores. Todo muy profesional. Hoy la llamada es distinta, hoy la llamada tiene que ver con una envidia sana y con el orgullo. El colega de profesión llama al míster visitante para desearle suerte, para preguntarle como está y para ser, un poco, partícipe de este día. Su triunfo esta noche es un poco el triunfo de muchos entrenadores, es un triunfo conjunto.

8.30 a.m.

Tú, en tu cama, durmiendo, descansando despertarás horas más tarde. Tu corazón, normalmente destinado al equipo de tu ciudad, hoy dejará un hueco para la victoria de otro modesto. Has conocido en otros tiempos esos viajes, esas hermandades con otras ciudades, esa comunión con una plantilla que devuelve todo el afecto. Tú sabes perfectamente que el triunfo del Mirandés es tu triunfo, el de tu club, el tuyo propio. Tú sabes perfectamente que la victoria del Mirandés compensa ligeramente todos esos madrugones, todas esas horas en autobuses recorriendo España, todo el dinero dejado en el fútbol. Tú sabes perfectamente que aunque los focos se encienden una hora antes del duelo, las 8.30 a.m es realmente donde todo empieza.

viernes, 13 de enero de 2012

El Toquerismo Ilustrado

Cuando comenzó la era Bielsa en el Athletic de Bilbao, pocos confiaban en la labor de Gaizka Toquero en el nuevo ensamblaje, sin embargo, el vitoriano ha conseguido hacerse un hueco, no únicamente en el once, sino en la ideología de Bielsa, lo mismo que consiguió hacer anteriormente con Caparrós, Carlos Pouso o Iñaki Alonso.
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Hace no tanto, en Argentina, el país se paralizaba para ver un partido de fútbol. Los argentinos, tan suyos para estas cosas, vivían inmersos en un debate futbolístico que dividía el país en dos mitades: Bilardistas y Menottistas. Dos estilos contradictorios buscando el mismo objetivo. Un debate que todavía, ahora, no está cerrado y sigue ganando adeptos cada día. Pero esa es una historia que llegará luego.

Hace tampoco no mucho, aproximadamente seis años, un joven vitoriano llegaba a la Segunda División B de la mano del filial alavesista. Por los campos de Segunda B, su casta, su pundonor, su esfuerzo en pos del grupo, no destacaba sobremanera. El filial babazorro jugaba al toque, intentaba construir y buscaba delanteros letales. En ese contexto, un jovencísimo Gaizka Toquero de 21 años, no era capaz de encontrar su sitio. Anteriormente había crecido en la disciplina de la Real Sociedad y llegado al equipo de su ciudad natal, el Alavés.

Tras la temporada en el filial vitoriano en la que disputó 29 partidos y metió dos goles, le tocó buscarse las habichuelas en el Lemona. Un Lemona muy especial. Al equipo cementero llegaría ese año Iñaki Alonso como entrenador tras pasar por la Cultural de Durango o el Eibar B. Iñaki Alonso, gran conocedor del fútbol del País Vasco, supo ver el talento de jóvenes futbolistas que parecían perdidos para la causa. El técnico de Durango se rodeó de Iosu Iglesias, pieza fundamental del Real Unión que años más tarde ascendería a Segunda División; Oinatz Bilbao, que volvería a la disciplina del Athletic Club y ascendería con el Guadalajara; Goikoetxea, que parecía defenestrado en el Barakaldo; Zuhaitz Gurrutxaga, que tocaba fondo tras llegar a debutar en Primera División frente al Atlético de Madrid o Gaizka Toquero.

Aquel Lemona acabó noveno el año, pese a que su objetivo era la salvación, y durante la primera vuelta coqueteó con los puestos de play-off. Un Lemona en el que, durante algunos meses del invierno, no había dónde entrenar y tenían que hacerlo en campos de tierra. Zuhaitz Gurrutxaga, uno de los miembros de aquel equipo siempre cuanta que, cuando vio que muchos de sus compañeros entrenaban después de trabajar durante todo el día, se dio cuenta de que tenía que ponerse las pilas.

Toquero goza de la confianza de Alonso, y aunque no es capaz de marcar ningún gol en toda la temporada, en el cuadro cementero juega 34 partidos. Las habilidades de Toquero, su facilidad para crear espacios a los compañeros y la molestia que crea en las defensas rivales cuando quieren fijarle, sirve para que el Lemona cuaje una de las mejores campañas de su historia.

Ese Lemona se desmorona al finalizar la campaña. El cartel que cogen muchos de sus integrantes hace que abandonen la disciplina del equipo vasco. Iñaki Alonso firma por el Real Unión dispuesto a dar el salto a la categoría de plata del fútbol español. Zuhaitz Gurrutxaga se enrola en las filas del Zamora CF buscando una nueva aventura fuera de su tierra, Oinatz Bilbao vuelve a convencer a los dirigentes del Athletic y Toquero se marcha al Sestao. ¿El detonante de su marcha? Carlos Pouso.

Pouso, que ahora es portada de periódicos gracias a la magnífica labor que está haciendo en el Mirandés, llegó en el año 2003 al Sestao con la ardua tarea de mantenerlo en Segunda B. En el 2007 va a iniciar su cuarta campaña al frente del equipo y no quiere desaprovechar la oportunidad de llevarse a Toquero y a Basagoiti del Lemona. Toquero comparte dupla de ataque con Óscar Martín que ese año alcanza la nada despreciable cifra de 11 goles. Tras ese año, el delantero guipuzcoano sólo ha sido capaz de sumar 14 en tres años. Toquero se sale en el Sestao, acaba de romper como jugador y se gana a la grada. Gran culpa de ello lo tiene Pouso que le valora, no solo como una pieza al servicio del equipo, sino como un jugador determinante. Pasa de ser un peón a jugar de Alfil.

Toquero lo juego todo en Sestao, los 38 partidos. Marca cinco goles pero deja su sello en el club verdinegro. En los campos del Grupo II la gente le destaca como un jugador valioso pese a que su aspecto hace parecer que no es tan joven. Las redes del Athletic de Bilbao se posan sobre él y Caparrós se lo lleva al primer equipo. Al utrerano no le acaba de convencer el juego de Gaizka por lo que le buscan una salida. Pouso, que en verano ha firmado por el Eibar en Segunda División, no tarda en hacerse con sus servicios. En cuanto llega a Eibar, se mete a la afición en el bolsillo, Pouso sabe cómo utilizar al vitoriano. En media temporada juega 16 partidos y mete 4 goles. La mala situación del Athletic y la falta de delanteros hacen que Toquero vuelva a tener una oportunidad en el club bilbaíno.

Con Caparrós, Gaizka es un revulsivo. Sale en los minutos finales a intentar provocar pérdidas en el rival, a intentar insuflar pulmones en sus compañeros. En marzo de 2009 consigue marcar su primer gol con la camiseta rojiblanca en la Copa del Rey frente al Sevilla. Un mes más tarde, en Soria consigue empatar el partido y es el mayor artífice de la remontada. Caparrós comienza a confiar en un jugador distinto. “La Catedral” demasiado acostumbrada a años de penurias, alaba el pundonor del 2 rojiblanco.

Esa reconversión de la grada; pasar de Julen, Yeste, Etxeberría… al pundonor de Toquero tiene una fecha marcada a fuego: 13 de mayo de 2009. El Athletic llega a una final de Copa del Rey 25 años más tarde y frente al mismo protagonista: el FC Barcelona. Ese día, durante más de 20 minutos, la afición del Athletic Club de Bilbao creyó en el milagro gracias a un gol de Gaizka Toquero: había nacido una religión: el Toquerismo.

La grada comenzó a creer en un estilo de fútbol en el que su máximo exponente era Gaizka Toquero. El buen momento de los leones, con las internacionalidades de Iraola, Javi Martínez o Fernando Llorente no desataba tanta pasión como el juego de Toquero, clave en la mayoría de las fechas señaladas del Athletic de Caparrós. “Ari, ari, ari, Toquero Lehendakari” o el mítico “Gaizka Toquero, mejor que el Kun Agüero” se escuchan en la catedral del fútbol los días de partido. San Mames ha dictado sentencia. Pero, volvamos al inicio.

El Athletic Club vive sumido en un Bilardismo propugnado por Caparrós, un club cuyo objetivo es la victoria renunciando a la plástica en el juego. Al menos, a la plástica actual de toque, ya que no deja de tener belleza el juego de los leones. En ese ambiente de lucha, Toquero se siente cómodo, es pieza clave en el esquema. Sin embargo, en el verano de 2011 el Athletic reemprende un cambio de mentalidad. Urrutia apuesta por la llegada de Bielsa al banquillo. Una apuesta por el Menottismo, o incluso yendo más allá, por el Bielsismo, prácticamente una religión en sí misma.

Bielsa comienza su andadura con las ideas muy claras: el centro del campo es para Muniain y Ander Herrera y a partir de ahí fluye el equipo. Javi Martínez se retrasa a la defensa, desde dónde le da mayor salida de balón al equipo. Llorente es el referente junto a Susaeta. En ese esquema, en ese modelo, Toquero vuelve a ser un peón, un trabajador. Con Bielsa en el banquillo del Athletic ha llegado la Ilustración a Bilbao. Sin embargo, pronto se trunca su plan, Llorente se lesiona y Bielsa tiene que echar mano de Toquero. La grada se debate entre el Toquerismo y el Bielsismo. Dos estilos que parecen contradictorios, dos piezas difícilmente ensamblables. Durante la ausencia de Llorente, Toquero ha demostrado acoplarse, con sus carencias, al juego que propugna Bielsa. Sus cabalgadas abren espacios para las diabluras de Muniain. De sus botas comienzan a nacer goles y asistencias que valen victorias o empates. La grada vuelve a creer en Toquero aunque mantiene una fe ciega en el Bielsismo. Ayer Toquero salió en la segunda mitad para inventarse un gol antológico. Para atreverse con más cosas que las que antes hacía. Toquero se ha convertido al Bielsismo. Ha nacido el Toquerismo ilustrado.

miércoles, 11 de enero de 2012

El último Dakar de Meoni

Se cumplen seis años desde que el valiente motorista italiano nos dejara por un paro cardiaco en el que tenía que ser su último Dakar.
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Por la cabeza de Fabrizio Meoni se pasó dejar el Dakar varias veces. Magulladuras, cortes, quemaduras y el vacío que deja ver como compañeros nunca volverán a correr. La prueba más dura del mundo, dicen. La prueba más bonita del mundo, dicen. Su dureza es directamente proporcional a la magia que desprende su recorrido, cementerio de pilotos y de ilusiones.

Meoni conocía bien todo lo que otorga el Dakar. Llevaba 13 participaciones a sus espaldas desde que en 1992 llegara al Lago Rosa en duodécima posición a lomos de una Yamaha XTZ660 de serie. El italiano tenía una única obsesión, vencer en la prueba reina que se le seguía escapando. Meoni demostraba que era rápido. Vencía en Túnez y en Egipto sin grandes dificultades pero mordía el polvo en la gran ronda. El de Arezzo veía coronarse a Stéphane Peterhansel durante cinco ocasiones, a su compatriota Edi Orioli en otras dos y a Richard Sainct en las dos restantes. Al italiano se le escapaba la oportunidad de vencer en un Dakar.

Pese a las repetidas derrotas que iba a acumulando, su pasión aventurera había servido para que en su pueblo natal lo conocieran como Fabrizio El Africano. Siempre a la vanguardia, siempre en cabeza, no dejaba de ser un piloto complicado de batir en la pista, sino también con ambos pies en el suelo. Durante muchos Dakar se erigió en el portavoz de los pilotos cuando la seguridad no era suficiente o cuando los recorridos no les satisfacían. En 2005, el año de su fallecimiento, Meoni fue uno de los más críticos con un recorrido, que tenía poco de aventurero para su gusto. El Dakar era mucho más que una carrera para “El Africano”, el Dakar era una forma de vida.

Nueve años de sinsabores no sirvieron para que Meoni quisiera dejar de participar en el Dakar. Eterna promesa de las dos ruedas, quería lograr su sueño costara lo que costara. En 2011 volvió a la línea de salida de Paris dispuesto a luchar por la gloria en el Lago Rosa. El vigente campeón, Richard Sainct, parecía de nuevo el máximo aspirante a revalidar el título. Un español, Jordi Arcarons, parecía su más ferviente competidor. En las quinielas, como todos los años, Fabrizio Meoni, aunque en un lugar más retrasado. Sin embargo, en la cabeza de Meoni estaba una única meta: ganar. La constancia del italiano hasta el momento había sido única, irrepetible. “El africano” acumulaba caídas, derrotas, lesiones… pero nada era tan fuerte como su amor por el continente africano. Por eso en 2001 venció en el Lago Rosa y en 2002 repitió triunfo. Meoni dijo: “África me ha dado tanto”.

Meoni había cumplido su sueño, que era vencer el Rally Dakar. Había conseguido dos triunfos consecutivos, y en su cabeza, ya cansada, empezaba a posarse la idea de retirarse. Retirarse en lo más alto, como ese joven italiano que llegó un día a África para enamorarse del continente y que a base de trabajo había conseguido convertirse en el más grande.

Sin embargo, el Dakar tiene esa magia, difícil de explicar para el que no ha corrido, que te hace volver a volar sobre el polvo. Meoni volvió en 2003 pese a las especulaciones de que lo dejaría. No pudo volver a ganar, uno de sus fantasmas del pasado, Richard Sainct, conseguiría su último Dakar antes de fallecer en 2004 en el Rally de los Faraones. Meoni se veía con fuerzas, con ganas de volver a ganar, de conseguir un tercer triunfo, de escribir su nombre con letras de oro en la historia de los Raids, pero en 2004 se cruzó en su camino Nani Roma y le volvió a alejar de su sueño.

Meoni se vio derrotado, mayor, alejado ya de su velocidad imparable. Meoni era un viejo lobo capaz de vencer etapas por su sabiduría, por las 12 ediciones de Dakar que llevaba a sus espaldas y por el que tuvo alguna vez, retiene bastante de ello. Pero sabía que no tenía la frescura de los jóvenes que venían empujando fuerte: Nani Roma, Cyril Despres, Marc Coma…

Meoni reunió a los medios de comunicación y comunicó que dejaba las dos ruedas, que se alejaba de la moto, pero sobre todo, que abandonaba este continente, África, su continente. Durante un tiempo “El Africano” despareció del mapa, hizo vida normal y miraba las carreras desde su casa, desde su televisión. Sin embargo el gusanillo del Dakar seguía dentro de Meoni, le picaba cada día más y le decía: ¿Por qué no una última vez, Fabrizio?

Meoni decidió volver al Dakar. El último Dakar. La última participación. Poder disfrutar de Marruecos, de Mauritania, de Senegal o de Mali. Poder sentir esa sensación de libertad cuando te lanzas a tumba abierta por las dunas del desierto. Notar una extraña sensación en tu corazón cada vez que cruzas una aldea africana, cada vez que te acercas a esos niños que miran el paso de la caravana del Dakar.

A “El Africano” no le gustaba el recorrido de este año, y con la sabiduría que otorga la experiencia, decidió comentárselo a la organización. Era un recorrido que permitía demasiada navegación, instrumentos a los que estaban mucho más adaptados los jóvenes y que le quitaban un poco de esa magia que tiene este rally.

Un fatídico 11 de enero, Meoni se levantó con la noticia de la muerte de “El Carni”. Su KTM, que tantos problemas le había dado durante todo el Dakar, le había conseguido matar al final. Durante la noche habái sido operado y parecía que no revestía peligro, pero el Dakar siempre guarda una última sorpresa. En Dakar, en el hospital de la localidad, a “El Carni” le extirparon el bazo. No pudo sobrevivir. Meoni, como todo el campamento se levantó con esa noticia, otra noticia fatídica, otro piloto que se deja la vida en este rally, mágico, peligroso, enigmático.

Meoni se transformó al subirse a la moto, como hacen el resto de grandes pilotos. Su corazón bombeaba al mismo ritmo que la bomba de gasolina de su moto. La mejor forma de honrar a un piloto muerto es volar sobre las dos ruedas, es pasar dunas como si fueran asfalto, es luchar codo a codo con los compañeros. Es llegar vivo al campamento habiendo dado lo mejor de si mismo. Meoni no pudo honrar a “El Carni”. Poco después de pasar la segunda especial cayó al suelo, se separó de su moto y, como si estuviera conectado a ella y ella fuera lo único que le hacía vivir, su corazón se frenó en seco y dejó de latir. El desierto, su desierto, la tierra que le dio la vida, se la estaba arrebatando. Meoni yacía al lado de su moto, en su casa, en su patria. El desierto sabía que era la única forma de que este fuera el último Dakar de Meoni, hacerle quedarse para siempre con él.

Meoni cumplió su sueño, cumplió su palabra y murió por amor y por un sueño, que es la única forma que para Meoni tenía sentido morir.

29 motivos para soñar

Zamora está acostumbrada a perder. Un estigma de años, de siglos, eterno. Incluso a veces los zamoranos, emigrantes por naturaleza, expandimos ese pesimismo por los lugares que "conquistamos". Este pesimismo nos obliga, sin darnos cuenta, a devaluar lo propio y aumentar el valor de lo ajeno. Un estigma zamorano, digno de estudio, al menos.

Cuando en el Zamora CF había vacas gordas, el zamorano de a pie salía para decir su frase más típica:"No interesa subir" o la casi tan tópica "No hay dinero". Frases que han ido pasando de padres a hijos de una forma tan interna que hasta los escépticos empezaron a creerlas. En los mejores momentos de su historia, siempre los rojiblancos se sintieron inferiores a alguien.

Algunas de esas veces, pese a sentirse inferiores,
consiguieron gestas importantes: Empatar en el Carranza, vencer 4 - 2 al Athletic B, el 1-1 en el Pizjuán o el 1-2 en Linarejos. Incluso en esos momentos de mayor alegría, el pesimismo zamorano se dejaba notar al seguir sintiéndose inferiores al equipo rival. Quizá, únicamente en Castalia, tras haber remontado en casa un 0-1 en 45 minutos, toda la ciudad se creyó, por primera vez en su historia, que podían ser los buenos de la historia.


Tras años de luchar por lo máximo, de grandes jugadores, de acariciar la Segunda División, las vacas gordas se acabaron, y al Zamora le tocó luchar por objetivos más bajos. Entonces, y sólo entonces, el Zamora empezó a pensar en crear un proyecto, una modelo de club, un estilo de fútbol. Para crear ese nuevo Zamora CF se contrató a Ricar que ya conocía la ciudad y que comenzaba su andadura como técnico. El plantel, lleno de viejas glorias y jugadores que nunca llegaron a cuajar acabó con un Ricar que se puso nervioso a las primeras de cambio. Otros dos cambios más de técnico y un cambio de presidente fueron suficiente para que el posible modelo de club se derrumbara. Los resultados primaron sobre la filosofía.

Con la llegada del verano de 2011, el club tenía que volver a reinventarse y apostar por un modelo de club de nuevo. Un modelo en el que la cantera tuviera un papel fundamental en la base del equipo. Un idea de club perseguida desde hace años, pero no llevada a cabo hasta la actualidad (se peleó por tener un filial en regional, se apostó por las categorías inferiores gracias al trabajo de Luis Alfredo Puente y de Luis de Mena y todos los entrenadores que han trabajado en ellas y se intentaron crear alianzas con otros clubes de la provincia y de la región). Un modelo de club sostenible que imitaba lo que otros clubes modestos habían ido realizando durante las últimas temporadas.

Al modelo le faltaba un único paso, la adaptación del modelo al primer equipo. Renovación de plantillas, filosofía de juego y modelo de club. El nuevo modelo le otorgaba la parte deportiva a Parras, ex-entrenador del Villaralbo entre otros y el mando del primer equipo a Roberto Aguirre, que le había cambiado la cara al equipo la pasada campaña. Quizá el mayor aval de Aguirre era la confianza que había mostrado en los juveniles Dani Hernández, Jorge Hernández
y Carlos Ramos. El tercero marchó al Atlético de Madrid, pero los otros dos, junto con Garretas pasaron a formar parte de las alineaciones del asturiano. Junto a ellos, Dani Mateos y Pablo han tenido su oportunidad de debutar en estas primeras 19 jornadas. Además volvía Miguel Santos a su equipo de formación y seguían de años anteriores Hugo Aguado, Miguel y Rubén Luceño. Un equipo que contaba con 7 canteranos habitualmente y con
otros 3 (Dani Mateos, Pablo y Eguileor) de forma puntual. Junto a ellos otros dos zamoranos con varias temporadas en el equipo (Agustín y Manu Arias) y otros dos jugadores que continuaban de la pasada campaña (Sergio Sánchez y Jairo Álvarez). El margen de maniobra para confeccionar la plantilla era escaso y por eso el nuevo modelo de club del Zamora CF tenía que ponerse en marcha.

Con motivo de la necesidad de implantar un modelo basado en los zamoranos, el pesimismo invadió la ciudad. Acostumbrados a devaluar la valía de los de aquí, el aficionado medio se pasó la pretemporada pensando en como íbamos a salir al año siguiente del pozo de la Tercera División. El nuevo modelo del Zamora CF echaba a andar en Ponferrada y frente a un Mirandés más equipo de Segunda que de Segunda B. Dos derrotas y la grada podía hacer alarde su pesimismo histórico y comenzaba a pedir cambios en el equipo. Otros dos empates en Torrelavega y frente al Osasuna Promesas dejaban a los rojiblancos con dos puntos de doce posibles. Pobre bagaje para el equipo que se codeaba con los puestos de descenso. Sin embargo, tras el descanso en Zubieta todo cambió. Tres goles y este Zamora comenzó a funcionar. Ha
funcionado tanto y tan bien que al final de la primera vuelta los rojiblancos tienen 29 puntos, 29 razones para soñar con un modelo de club que funciona. 29 alegrías para una afición acostumbrada al pesimismo que ve como este estilo, con tiempo, puede devolverle las alegrías. Comienzan a oirse rumores sobre el futuro de una gran aprte de los jugadores del club, jugadores que comienzan a tener varias novias por la geografía zamorana, jugadores que, de irse, dejarían un caudal de dinero para limpiar las arcas zamoranas. Y detrás de ellos, la fábrica de jugadores rojiblancos sigue funcionando. Roberto Aguirre sigue mirando al "B" (Rubén Luceño, Eguileor, Dani Mateos, Fernando) y al juvenil (Pablo y Cristian se ejercitan con el primer equipo en algunas sesiones) y el trabajo de cantera con Luis de Mena a la cabeza sigue funcionando a la perfección.

El futuro del club pasa por seguir este estilo. Por dar máximos poderes a Luis de Mena para que siga creando una forma de fútbol en los Anexos del Ruta de la Plata. Renovando a Roberto Aguirre, para que, desde ya, pueda empezar a confeccionar la plantilla del año que viene y trabajando en un Zamora de futuro, y sobre todo, haciendo que este modelo crezca año a año, y el zamorano vuelva a acercarse al Ruta de la Plata e intente, de una vez por todas, quitarse el complejo de inferioridad.