8.30 a.m.
Un autobús llega a la parada para emprender un viaje de 5 horas. Su conductor, poco amigo de madrugar los domingos, hoy está un poco ilusionado, así que dentro de lo que cabe, el madrugón se lleva bastante mejor. Mientras se aproxima a la parada ve como otros 7 compañeros han llegado ya allí o se aproximan detrás de él. La fila de autocares colapsa toda la calle aunque el tráfico, a estas horas, es nulo.
En la parada un solo color despierta a la ciudad. El color de los aficionados del equipo. 400 valientes aficionados que van a recorrerse media España en busca de un domingo de fútbol. La forma de llegar a esa parada es totalmente distinta dependiendo del aficionado. Algunos, los más pequeños, con legañas en los ojos, han acabado convenciendo a sus padres, madres, abuelos o tíos para sumergirse en este viaje. Los niños, como esponjas que todo lo absorben, miran alrededor incrédulos. Ven cosas que nunca han vivido, se contagian de todos los cánticos, quieren formar parte de ellos, quieren ser partícipes de la fiesta.
Los jóvenes, los que más calientan estas citas vienen de una noche de fiesta. Una noche que se ha alargado algo más que de costumbre porque había que aguantar en vela hasta la hora de marchar. Las voces comienzan a estar desgarradas porque durante la vigilia muchos establecimientos se han querido unir a la fiesta y han puesto el himno del club en sus altavoces entre los últimos éxitos del momento. Los jóvenes saben, que aunque el sueño les vencerá en el viaje, todavía queda mucha fiesta por delante.
Otros, más mayores, han puesto el despertador el único día que se permiten dejar que la falta de sueño sea la que les despierte. A muchos de ellos no les ha hecho falta, antes de que sonara ya estaban de pie. ¿Dónde tendré yo la bufanda? Cariño, ¿me has hecho el bocadillo para el viaje? Un ritual oxidado por la falta de éxitos y a la vez la ilusión de un niño. El paseo hacia el autobús no difiere tanto del paseo matutino al trabajo excepto por la indumentaria.
Otros, los más mayores, los que han sobrevivido a cambios de estadios, a presidentes y entrenadores, los que recuerdan otro fútbol, los que llevan tatuados los colores desde casi antes de que naciera el club, han aprovechado para ir a misa, o para rezarle a algún santo. Salud, de momento, y a algunas edades, la que se puede, y el amor, pues también, pero una alegría, una alegría de mi equipo, es lo único que hoy te pido.
En la parada del autobús se reúnen los conductores, la mayoría ajenos al evento, sin embargo, durante toda la semana, el único tema de conversación es el partido. Quien más y quien menos ha oído hablar del evento, saben alguna cosa, barruntan ideas y se dejan llevar por la ilusión. El partido, apenas les interesa, el club, ahí está, sin moverse, pero la ciudad, esta semana, la ciudad, algo tiene, ha cambiado.
Los aficionados se reúnen y se reencuentran. Casi siempre son los mismos, ya se conocen. Los que llegan de fiesta y los que madrugan aprovechan para saludarse, para hablar. Algunos, sin conocerse, dialogan. Probablemente no tengan nada en común más que el amor a unos colores. No necesitan más.
De forma ordenada, pero con alegría, con cánticos, con ese gusanillo interior el viaje comienza. El día ha comenzado.
8.30 a.m.
En un hotel un chaval se despierta. Tiene 20 años y no está convocado. Le da igual, está nervioso. A su lado duerme otro futbolista. 32 años. Media vida de campo en campo, de hotel en hotel. Media vida corriendo detrás de una pelota. El chaval está lesionado, lleva toda la temporada sufriendo un calvario de lesiones. El míster le ha dejado venir a la convocatoria, es casi un aficionado más. La noche anterior vieron un video del rival. Se saben de memoria como juega el equipo, conocen a la mitad de los jugadores. Algunos han dormido juntos durante demasiados fines de semana. Conocen a sus mujeres, a sus novias, a sus padres. Son como de la familia hasta que entran al terreno de juego. Es difícil conocer más del equipo que van a tener enfrente pero siempre es positivo ver un video más.
El entrenador les ha puesto el toque de diana a las 10 a.m. Pero el chaval no tiene sueño. No puede dormir. Anoche estuvo dando vueltas en la cama y hoy se ha levantado el primero. Coge el chándal y sale al vestíbulo. Allí hablan con él los recepcionistas, son conversaciones banales que sirven para perder el tiempo. Para acallar la voz interior. No sirve de nada.
El chaval sube a la habitación y se encuentra a su compañero de habitación asomado a la ventana. Estoy nervioso, le confiesa. Nunca te acostumbras a estos partidos. Vienen 8 autobuses, 400 personas. ¿Has visto como está la ciudad? Es impresionante. El chaval ha vivido poco fútbol de momento y está impresionado por el ambiente. Su compañero, lo ha visto todo, pero está impresionado por el ambiente. El tiempo no pasa y es hora de llamar a casa. ¿Cómo estáis? ¿Qué hacéis? ¿Qué tal todo?
8.30 a.m.
Un aficionado local se despierta. Se asoma a la ventana, todas las casas están decoradas con los colores de su club. En cinco horas llegan unos amigos que hizo en el partido de ida. Unos amigos que hoy van con el equipo rival. No importa, lo bonito son las horas de antes. Ellos le enseñaron su ciudad, le llevaron a los mejores bares y le hicieron sentirse como en casa. Ahora es su turno, él va a corresponderles. Él y otros cuantos aficionados locales. Ha repasado durante toda la noche el planning: hora de llegada, lugar de llegada, recorrido, bares y vuelta al estadio. Todo tiene que salir bien, tiene que ser una fiesta. Mientras espera a que llegue la hora, saca la bandera, la desdobla, la observa y la vuelve a doblar. Hace lo mismo con la bufanda, con la camiseta. Enciende la televisión, busca programación local, enciende el ordenador, repasa lo que dicen los diarios, los foros… rememora el partido de ida, lo que asó, lo que se dijo, lo que tenía que haber pasado… Tiene sueño pero no va a dormir.
8.30 a.m.
Dos periodistas se suben en su unidad móvil y comienzan el viaje. Han cuidado la voz durante la noche, nada de excesos aunque el cuerpo se lo pedía. Han soñado como narrarían el gol de su equipo, el de la victoria. Han practicado mentalmente, se lo han imaginado, han soñado. Antes de dormir han repasado goles históricos de otros clubes, se han emocionado al oírlos y han soñado con ser ellos. Cuando empiezan el viaje adelantan a los autobuses de aficionados. Les pitan, hoy querrían ir en ese autobús, hoy llevan puesta la camiseta del equipo, de forma metafórica. Hoy es un día de contrastes. Hoy es el día que llevan tiempo soñando.
8.30 a.m.
El entrenador visitante se despierta por el sonido del móvil. Es otro colega de profesión que le llama. Le desea buena suerte, han coincidido muchas veces en los terrenos de juego, eso les ha servido para forjar una buena amistad. Suelen hablar por teléfono para pedirse informes, o para hablar de jugadores. Todo muy profesional. Hoy la llamada es distinta, hoy la llamada tiene que ver con una envidia sana y con el orgullo. El colega de profesión llama al míster visitante para desearle suerte, para preguntarle como está y para ser, un poco, partícipe de este día. Su triunfo esta noche es un poco el triunfo de muchos entrenadores, es un triunfo conjunto.
8.30 a.m.
Tú, en tu cama, durmiendo, descansando despertarás horas más tarde. Tu corazón, normalmente destinado al equipo de tu ciudad, hoy dejará un hueco para la victoria de otro modesto. Has conocido en otros tiempos esos viajes, esas hermandades con otras ciudades, esa comunión con una plantilla que devuelve todo el afecto. Tú sabes perfectamente que el triunfo del Mirandés es tu triunfo, el de tu club, el tuyo propio. Tú sabes perfectamente que la victoria del Mirandés compensa ligeramente todos esos madrugones, todas esas horas en autobuses recorriendo España, todo el dinero dejado en el fútbol. Tú sabes perfectamente que aunque los focos se encienden una hora antes del duelo, las 8.30 a.m es realmente donde todo empieza.
