Madrileño de nacimiento, el ciclista al que representa nació en Ávila, en el Barraco, en las mismas cuestas en las que se fraguó una leyenda llamada Chava. Su caracter le llevo siempre a ser un gran gregario. Una hormiga que subía puertos sin hacer ruido, todo lo contrario que su cuñado; antagónicos y a la vez tan cercanos en su visión del ciclismo. Tocó el cielo por primera vez en el 2000, ganador de la montaña en la Vuelta a España, un premio al alcance de muy pocas piernas y que el año anterior había ganado con solvencia Jiménez.
Nunca esquivó su papel de segundo de abordo, de acompañante en las cimas francesas que le relevaba a posiciones traseras en la clasificación, y a luchar, con las fuerzas que le quedaran, en las otras dos grandes del ciclismo. Su calidad le valió para hacer podium en Giro y Vuelta y, como no, para llegar a lo máximo que puede aspirar un ciclista, llevar el amarillo en París.
Todo el mundo recuerda Alpe d'Huez, sus lágrimas, su etapa con sabor a ciclismo de antaño, la impotencia de un pelotón de favoritos sin un claro favorito... Alpe d'Huez no ha sido más que otra muesca en los cielos de Alpes y Pirineos, otra exhibición del abulense. De lo que ya pocos se acuerdan, triste fragilidad de la memoria, es de la crono final. Del monstruo Evans apretando desde atrás, de la serenidad que transmitió en todo momento Carlos y de sus palabras al llegar a meta: "Este es un sueño que queríamos los dos, seguro que desde allí me ha ayudado". El Chava, desde dónde estuviera, empujó a su cuñado a tocar una gloria que tenía bien merecida.
Con ese Tour, Sastre se ganó el lugar entre los grandes que tanto merecía. Pero entonces llegó el descenso. No hace falta que fuera pronunciado, ni siquiera tenía porque ser duro, pero es muy dificil repetir hazañas en la Grande Buclé. Los focos le apuntaban más que nunca y cada paso que daba era comentado por miles de personas. La gente le menospreció, como menospreció a tantos otros ganadores que no pudieron reeditar su triunfo. Olvidaron sus grandes gestas, sus victorias de etapa, sus ataques suicidas, sus tres podiums seguidos en Tour, Vuelta y Giro. Parece que tras ganar un Tour ya nada vale, excepto volver a ganarlo. Y la gente, desmemoriada, olvidó que Sastre era un campeón y comenzaron a tratarlo como un héroe caído, como un villano.
Carlos es un gregario, un luchador, no le gustan los focos, las luces, los escenarios. A Carlos le gusta trabajar para otros, sentirse libre de atacar. Le gusta ayudar para que Cobo gane la Vuelta a España. Y ahora, con la satisfacción del que se sabe con el trabajo hecho, volvíendose a sentir útil, se va. Deja el ciclismo en activo, pero seguirá, seguro, entre bambalinas, en El Barraco, enseñándole a los futuros ciclistas del mañana a esperar su momento, que llega, siempre llega.
Gracias por todo, Carlos.
domingo, 25 de septiembre de 2011
Carlos Sastre, de héroe a villano
La memoria es selectiva, caduca y muy frágil. El pasado se olvida con facilidad y sólo se vive del presente. Carlos Sastre se encontró de un día para otro con su presente, con un presente que le devolvía como una bofetada a la realidad del pelotón. Tras alcanzar la gloria lo único que puede venir después es el descenso a los infiernos, como después de coronar un puerto hay que lanzarse como un loco colina abajo y esquivar a la muerte en cada curva para poder alcanzar la gloria, que casi siempre viaja más rápido.
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